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jueves, 14 de junio de 2012

Ser cristiano

Nuestros alumnos de 5ºC de Educación Primaria han realizado unos trabajos muy interesante sobre lo que significa para ellos ser cristianos.

Aquí los tenéis:

miércoles, 16 de mayo de 2012

lunes, 17 de octubre de 2011

Puerta de la Fe

El Papa Benedicto XVI acaba de convocar un "Año de la Fe",
que se desarrollará desde el 11 de octubre del 2012
hasta el 24 de noviembre del 2013.

Aquí tenéis la Carta Apostólica de convocatoria,
que es un maravilloso alimento para el espíritu:





En el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela,
tenemos una síntesis en piedra por medio del arte,
de la FE que profesamos.


miércoles, 5 de octubre de 2011

Gracia de Dios

Quiero compartir con vosotros el e-mail de un amigo, sacerdote en la parroquia donde la semana pasada se cometió un asesinato, un suicidio y se convertía en un paritorio improvisado. Son unas palabras sobrecogedoras que nos alumbra la figura del sacerdote y su cometido en el mundo.

Un abrazo fuerte, Patricia



A todos aquellos que me habéis escrito preguntando cómo estábamos:

La verdad es que hemos pasado una semana, si no traumática, sí con el epitelio de lo emocional en alerta naranja. Ocurrió lo que los medios ya nos han contado. Iván, un hombre trastornado por el alcohol y las drogas, mató a una mujer embarazada, dejó herida a otra y se suicidó ante el altar. Pero los sucesos que se narran como una película de acción, así, como a trompicón de escenas, olvidan los primeros planos, y el verdadero relato descansa en el rostro, como dijo Dreyer.

La Policía ha relatado en su informe que Iván guardaba pequeños papelitos en los que se leía que el diablo lo perseguía, y que pretendía matar a Dios.

Es más que probable que en su trastorno fuera directamente a por un cura y en su camino, hasta cumplir el objetivo, no se encontró más que “obstáculos”. Cuando Iván acabó con su vida, Francisco mostró el rostro del sacerdocio sin la escenificación de las explicaciones teóricas. Se fue directamente a por Iván y le dio la unción de enfermos; se acercó a Rocío, la chica embarazada, y también le dio la unción de enfermos. En cuanto la médico del Samur intervino en aquella cesárea de urgencias, Francisco bautizó al bebé. La respuesta frente al horror no fue una sacudida emocional o una explicación teórica, sino un acto de gracia de Dios.

Quizá hay una figura más inadvertida, de la que apenas los medios han dedicado un par de líneas, y es la de nuestro coadjutor Francisco Santos.

Conmueve la vida de un sacerdote que se olvida de sí, de haber sido el posible blanco de un crimen, para andar atento a regalar la gracia de Dios donde parece imposible. El pasado domingo, después de la misa que yo celebraba, entraron en la sacristía los familiares de Iván, destrozados por no haber sabido ocuparse de él a tiempo, se culpabilizaban de lo ocurrido, apenas acertaban con las palabras. En seguida salió Francisco, los abrazó, les acompañó a que pusieran velas en el altar, “no guardo rencor a tu hermano, ninguno”, y a la que había sido su mujer le dijo, “cuenta conmigo para lo que quieras, tienes un amigo”. Después pidieron una bendición y se marcharon con él. Mi parroquia no se ha convertido para siempre en escenario de un crimen y en paritorio improvisado, sino un lugar donde uno descubre que ser sacerdote es no hacer acepción de contextos, todos son igualmente válidos, poner amor donde hay odio y proponer la serenidad de Dios cuando al hombre le tiemblan las manos.

Javier Alonso Sandoica

lunes, 25 de octubre de 2010

El decálogo del día de los difuntos

Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de Ecclesia y Ecclesia Digital
jueves, 29 de octubre de 2009

Recuerdo, oración, gratitud, esperanza y sabiduría son las claves para vivir cristianamente esta jornada

El 2 de noviembre es el día de la conmemoración de los fieles difuntos. Nuestros cementerios y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos.

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1.- El origen y expansión de esta conmemoración litúrgica es obra, al igual que sucede con la solemnidad del día de Todos los Santos, del celo y de la intuición pastoral de los monjes benedictinos de Cluny hace un milenio.

2.- La conmemoración litúrgica de los fieles difuntos es complementaria de la solemnidad de Todos los Santos. Nuestro destino, una vez atravesados con y por la gracia de Dios los caminos de la santidad, es el cielo, la vida para siempre. Y su inexcusable puerta es la desaparición física y terrena, la muerte.

3.- La muerte es, sin duda, alguna la realidad más dolorosa, más misteriosa y, a la vez, más insoslayable de la condición humana. Como afirmara un célebre filósofo alemán del siglo XX, "el hombre es un ser para la muerte". En la antigüedad clásica, los epicúreos habían acuñado otra frase similar: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”.

4.- Sin embargo, desde la fe cristiana, el fatalismo y pesimismo de esta afirmación existencialista y real del filósofo Martin Heidegger y de la máxima epicúrea, se iluminan y se llenan de sentido. Dios, al encarnarse en Jesucristo, no sólo ha asumido la muerte como etapa necesaria de la existencia humana, sino que la ha transcendido, la ha vencido. Ha dado la respuesta que esperaban y siguen esperando los siglos y la humanidad entera a la nuestra condición pasajera y caduca.

La muerte es dolorosa, sí, pero ya no es final del camino. No vivimos para morir, sino que la muerte es la llave de la vida eterna, el clamor más profundo y definitivo del hombre de todas las épocas, que lleva en lo más profundo de su corazón el anhelo de la inmortalidad.

5.- En el Evangelio y en todo el Nuevo Testamento, encontramos la luz y la respuesta a la muerte. Como el testimonio mismo de Jesucristo, muerto y resucitado por y para nosotros. Como el testimonio de los milagros que Jesús hizo devolviendo a la vida a algunas personas.

6.- Las vidas de los santos –de todos los santos: los conocidos y los anónimos, nuestros santos de los altares y del pueblo- y su presencia tan viva y tan real entre nosotros, a pesar de haber fallecido, corroboran este dogma central del cristianismo que es la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro, a imagen de Jesucristo, muerto y resucitado.

7.- Por ello, el día de los Difuntos es ocasión para reflexionar sobre la vida, para hallar, siquiera en el corazón, su verdadera sabiduría y sentido, que son la sabiduría y el sentido del Dios que nos ama y nos salva y cuya gloria es la Vida del hombre.

8.- El día de los Difuntos es igualmente tiempo para recordar –volver a traer al corazón- la memoria de los difuntos de cada uno, de cada persona, de cada familia, y para dar gracias a Dios por ellos. Así comprobaremos cómo todavía viven, de algún modo, en nosotros mismos; para comprobar, que somos lo que somos gracias, en alguna medida, a ellos; que ellos interceden desde el cielo por nosotros y cómo tienen aún tanto que enseñarnos y ayudarnos.

9.- Por eso también, el día de los Difuntos es ocasión asimismo para rezar por difuntos. Escribía hace más de medio siglo el Papa Pío XII: “OH misterio insondable que la salvación de unos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de otros”. La Palabra de Dios, ya desde el Antiguo Testamento, nos recuerda que “es bueno y necesario rezar por los difuntos para que encuentren su descanso eterno”.

10.- El día de los Difuntos es además una nueva y plástica catequesis sobre los llamados “novísimos”: muerte, juicio y eternidad. Nos recuerda el estadio intermedio a la gloria, al cielo: el purgatorio, y la necesidad de rezar por nuestros hermanos (“las ánimas del purgatorio”) allí presentes para que pronto purguen sus deficiencias y pasan al gozo eterno de la visión de Dios.

Meses antes de fallecer, en junio de 1991, ya muy visitado por la hermana enfermedad, el periodista, sacerdote, escritor y poeta José Luis Martín Descalzo, escribió, con jirones de su propio cuerpo y de su propia alma, estos versos bellísimos y tan cristianos sobre la muerte:

"Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas,

ver al Amor sin enigmas ni espejos;

descansar de vivir en la ternura;

tener la paz , la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la Noche-luz tras tanta noche oscura”.

El decálogo del día de Todos los Santos

Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de Ecclesia y Ecclesia Digital
martes, 27 de octubre de 2009

Diez ideas breves, sencillas y claves sobre el sentido y necesidad de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre)

El 1 de noviembre es la solemnidad litúrgica de Todos los Santos, que prevalece sobre el domingo. Se trata de un popular y bien sentida fiesta cristiana, que al evocar a quienes nos han precedido en el camino de la fe y de la vida, gozan ya de la eterna bienaventuranza, son ya -por así decirlo- ciudadanos de pleno derecho del cielo, la patria común de toda la humanidad de todos los tiempos.

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1.- El día de Todos los Santos cuenta un milenio de popular y sentida historia y tradición en la vida de la Iglesia. Fueron los monjes benedictinos de Cluny quienes expandieron esta festividad,

2.- En este día celebramos a todos aquellos cristianos que ya gozan de la visión de Dios, que ya están en el cielo, hayan sido o no declarados santos o beatos por la Iglesia. De ahí, su nombre: el día de Todos los Santos.

3.- Santo es aquel cristiano que, concluida su existencia terrena, está ya en la presencia de Dios, ha recibido –con palabras de San Pablo- “la corona de la gloria que no se marchita”.

4.- El santo, los santos son siempre reflejos de la gloria y de la santidad de Dios. Son modelos para la vida de los cristianos e intercesores de modo que a los santos se pide su ayuda y su intercesión. Son así dignos y merecedores de culto de veneración.

5.- El día de Todos los Santos incluye en su celebración y contenido a los santos populares y conocidos, extraordinarios cristianos a quienes la Iglesia dedica en especial un día al año.

6.- Pero el día de Todos los Santos es, sobre todo, el día de los santos anónimos, tantos de ellos miembros de nuestras familias, lugares y comunidades.

7.- El día de Todos los Santos es igualmente una oportunidad para recordar la llamada a la santidad presente en todos los cristianos desde el bautismo. Es ocasión para hacer realidad en nosotros la llamada del Señor a que seamos perfectos- santos- como Dios, nuestro Padre celestial, es perfecto, es santo.

Se trata de una llamada apremiante a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad según nuestros propios estados de vida, de consagración y de servicio. En este tema insistió mucho el Concilio Vaticano II, de cuya clausura se celebran ahora los 40 años. El capítulo V de su Constitución dogmática "Lumen Gentium" lleva por título "Universal vocación a la santidad en la Iglesia".

Y es que la santidad no es patrimonio de algunos pocos privilegiados. Es el destino de todos, como fue, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos a quienes hoy celebramos.

8.- La santidad cristiana consiste en vivir y cumplir los mandamientos. “El santo no es un ángel, es hombre en carne y hueso que sabe levantarse y volver a caminar. El santo no se olvida del llanto de su hermano, ni piensa que es más bueno subiéndose a un altar. Santo es el que vive su fe con alegría y lucha cada día pues vive para amar”. (Canción de Cesáreo Gabaraín).

"El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo". (Benedicto XVI)

9.- La santidad se gana, se logra, se consigue, con la ayuda de la gracia, en tierra, en el quehacer y el compromiso de cada día, en el amor, en el servicio y en el perdón cotidianos. “El afán de cada día labra y vislumbra el rostro de la eternidad”, escribió certera y hermosamente Karl Rhaner. El cielo, sí, no puede esperar. Pero el cielo –la santidad- solo se gana en la tierra.

10.- Por fin, el día de Todos los Santos nos habla de que la vida humana no termina con la muerte sino que abre a la luminosa vida de eternidad con Dios. El día de Todos los Santos es la catequesis y celebración de los misterios de nuestra fe relativos al final de la vida, los llamados “novísimos”: muerte, juicio, eternidad.

Y por ello, al día siguiente a la fiesta de Todos los Santos, el 2 de noviembre, celebramos, conmemoramos a los difuntos. Es día de oración y de recuerdo hacia ellos. Es día para saber vivir la vida según el plan de Dios. Es día, como el día, en el que la piedad de nuestro pueblo fiel visita los cementerios. Todo el mes de noviembre está dedicado especialmente a los difuntos y a las ánimas del Purgatorio.

sábado, 15 de mayo de 2010

preparando Pentecostés...



“Pienso que el compromiso más urgente que se nos presenta es el de nuestra renovación. Todo el mundo está de acuerdo en la necesidad de una reevangelización. La Iglesia, hoy en día, no llega al mundo como debería llegar. El mensaje y la actitud de muchos cristianos se han vuelto extraños para gran parte de la gente. Si el mismo Jesús predicara desde nuestros púlpitos, es posible que muchos de los que están se fueran, y bastantes de los que no están volvieran. Un compromiso de renovación es, por tanto, insoslayable.

El problema que veo es que queremos renovarnos desde nosotros mismos. Somos muy amigos de la pasividad y del pasado. En el fondo, buscamos la supervivencia tratando de ser más fieles a las normas, reglas y constituciones que nosotros mismos nos hemos dado. Se da por supuesto que en ellas hay vida, aunque pocos son los que están plenamente convencidos de ello. No salimos de nosotros mismos ni dejamos un pequeño espacio para que nos llegue algo de fuera. La novedad, al menos como categoría teológica, no nos dinamiza la vida. No interesa demasiado el cambio y, en todo caso, no acabamos de creer existencialmente en el poder renovador del Espíritu Santo. De esa forma nos defendemos: «¿Qué mi vida está siendo una mentira? ¿Que mi forma de ser dominico no es la adecuada? ¿Que pueden ser las cosas distintas a como las entiendo yo?››. De eso nada, decimos, para mitigar la culpabilidad.

En el fondo, hay un problema de conversión. Estamos a gusto como estamos y, por otra parte, nos cerramos a la gratuidad. Deberíamos aceptar mejor nuestra incapacidad e impotencia. No somos pobres. No podemos creer que lo estamos haciendo mal, que no sabemos hacerlo, que debemos cambiar. No se trata de un problema moral; no somos peores que nuestros padres. Pero cuando uno se encastilla, está al borde de endurecer su corazón y, desde ese momento, el pecado entra en él y ya todo lo que sale de su interior está infectado. Da igual que se diga con modales finos y educados que sin ellos; la realidad es que uno se cierra al cambio y, por lo tanto, a la gracia. Ahí está el gran pecado de omisión. En realidad estamos fuera del compromiso del Reino.

Para que la renovación sea adecuada, es imprescindible estar en la onda, a la escucha del quehacer actual del Espíritu. Son muy importantes las cosas que nos dice la Iglesia, pero, por desgracia, la mayoría de sus documentos sólo nos llegan al cerebro sin que afecten al corazón. De esa forma, nos atiborramos, mas no cambiamos en nada. El Espíritu llega más hondo. Él es capaz de tocar, de sanar, de convertir; su actuación va siempre directa al corazón. Por lo demás, para la misma Iglesia suele ser sorprendente su actuación.



Por eso la renovación y el cambio no hay que planificarlo, no hay que sacarlo de los entresijos de nuestra historia. No valen para ello nuestros intentos ni nuestras programaciones. No debemos perpetuarnos. La renovación ya está ahí, actuando en la Iglesia. Alguien se ha adelantado y lo ha previsto todo antes de que nosotros nos diéramos cuenta de nada. A unos les llega de una forma y a otros de otra. Los que estamos comprometidos con alguno de los grandes movimientos surgidos después del Vaticano II, nos hemos encontrado gozosamente con esta realidad. No es mérito de nadie, ni nadie supo preverlo, pero es una realidad.

Algunos piensan que estos grandes movimientos o corrientes intentan monopolizar al Espíritu Santo, pero al Espíritu no lo atrapa nadie. Precisamente es al revés. Es Él el que toma la iniciativa, es Él el que llega; es Él el que elige. Todos los que están insertos en esas grandes corrientes espirituales se llevaron, en su día, un gran sorpresón, algo así como el día de Pentecostés. A la vez, se dieron cuenta de que el único que pudo sacarles de su marasmo, del que no se habían enterado, era El. El planifica, El lleva la historia, El renueva la faz de la tierra.

Para vivir este gran compromiso de renovación, necesitamos, pues, tener el corazón abierto y preparado para lo nuevo. Lo nuevo es lo imprevisto, lo no conocido ni, tal vez, esperado o deseado. Es algo que irrumpe, porque la primera nota de nuestro compromiso de renovación es que no es nuestro, sino del Espíritu. Puede llegar de muchas maneras, más los que lo han encontrado en algún gran movimiento tienen recorrido un gran trecho del camino. Sea como sea, Él viene como el agua de mayo, y sabe hacer crecer a cada planta según su propia especie. A una lechuga no la trasformará en palmera; ni a un padre de familia lo va a hacer cura; ni a un jesuita, dominico. La venida del Espíritu llega a la raíz de nuestro bautismo, no a las ramas. Vivificando el bautismo, queda todo renovado.

A unos y a otros nos arraigará en nuestra propia vocación y carisma.

Si esto es así, hay que concluir que los grandes esfuerzos que están empleando tantas parroquias y congregaciones para renovarse desde sí mismas o desde sus tradiciones están abocados al fracaso. El Espíritu contará con los que sigan siendo válidos, pero el incremento y el cambio sólo viene de Él y se realiza en la Iglesia, no en cada uno de nuestros cotos y cercados. La misma Iglesia tiene que estar muy despierta para atisbar lo que pasa en sí misma, de lo contrario puede hacer mucho daño a la renovación y al más urgente de todos los compromisos.”

(Chus Villarroel O.P.
"Vivencias de gratuidad" pags. 262-265)

martes, 23 de marzo de 2010

¿Se quema tu choza?


Un Día, zarpó un barco a alta mar. Iban 20 hombres.


Era un viaje de 50 días y entre ellos se encontraba un cristiano de quien todos en la tripulación se burlaban. Un marinero cristiano.


Una noche estalló el cuarto de máquinas y se hundió el barco, sobreviviendo sólo el cristiano al naufragio.


El único superviviente del naufragio estaba sobre una pequeña isla desierta. Estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara. Todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.


Ya cansado, empezó a construir una pequeña cabaña para protegerse y proteger sus pocas posesiones.

Un día se fue a pescar y regreso corriendo al ver que se quemaba su choza y no pudo salvar nada.


Después de haber perdido todo, anduvo vagando en la isla como sonámbulo, ya sin esperanza.


El náufrago estaba confundido y enojado con Dios y llorando le decía: '¿Cómo pudiste hacerme esto?', y se quedó dormido sobre la hamaca.

Temprano a la mañana siguiente, escuchó asombrado la sirena de un buque que se acercaba a la isla. ¡Venían a rescatarlo!.


Al llegar sus salvadores les preguntó: '¿Cómo sabían que yo estaba aquí?'. Y ellos les respondieron: 'Vimos las señales de humo que nos hiciste...'


Es fácil enojarse cuando las cosas van mal, pero no debemos perder la fe en Dios , porque Dios está trabajando en nuestras vidas en medio de las penas y el sufrimiento, para darnos crecimiento espiritual y más fe en Él.


Recuerda la próxima vez que tu pequeña choza se queme. . .

No Pierdas la fe: Puede ser simplemente una señal de humo que surge de la GRACIA DE DIOS.

Por todas las cosas negativas que nos pasan, debemos decirnos a nosotros mismos siempre:

DIOS TIENE SIEMPRE UNA RESPUESTA

POSITIVA PARA TODAS LAS COSAS NEGATIVAS.


(Enviado por una profesora de Primaria)